La corrupción y la crisis del federalismo


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Liébano Sáenz

Los que corren hoy, son tiempos que apuntan hacia nuevos rumbos y no están exentos de riesgos, de pérdidas y de bajas. Quienes gobiernan y sus partidos resienten los efectos de la insatisfacción social con el sistema económico y político existentes. Por eso lo de ahora en México y en el mundo son los triunfos sorpresivos de las propuestas y opciones antisistémicas. Lo verdaderamente preocupante no es que hayamos tardado tanto en darnos cuenta de este sentimiento que alienta lo disruptivo, sino que frente a la nueva realidad, todavía no tenemos propuestas articuladoras de cambio. Eso explica que el nacionalismo, el proteccionismo y patologías como la xenofobia, el antisemitismo y el racismo, tienden a resurgir en algunas naciones con una fuerza inesperada para estos tiempos de vigencia de la democracia liberal.

En el país, el mayor costo de este proceso en curso, no sólo lo han pagado el PRI, el PAN o el PRD y el Presidente, o quienes encabezan los poderes federales; la ola de indignación asociada a la calidad de gobierno y la crisis de consenso por la impunidad y los escándalos de corrupción, afecta severamente al federalismo. Y como ocurre globalmente, las primeras salidas en el horizonte, son vías seguras para la regresión o la incertidumbre. Los casos de abuso o de ineficacia de gobiernos de estados y municipios, por ejemplo, están promoviendo la falsa idea de que es la desconcentración regional de poder lo que no funciona y provoca la venalidad.

La generalización siempre es injusta. La que se hace a partir del escándalo mediático, propicia además la impresión inexacta de que todo está mal en los estados y que el único remedio plausible son las respuestas de corte centralista. Hasta las mentes más lúcidas están suscribiendo tesis de tal naturaleza. Un erróneo diagnóstico lleva a conclusiones igualmente erróneas. Con gran rapidez el centralismo gana conciencias y causas, como si el centro estuviera ausente de los problemas que se señalan, o como si éste tuviera algún tipo de poder para controlarlo todo y generar buen gobierno.

La calidad del gobierno y problemas básicos para las personas como son la falta de oportunidades, los deficientes servicios o la inseguridad, requieren de gobiernos locales fuertes y eficaces. La gobernabilidad, fiscalización y el buen ejercicio del poder no se construye desde la cúspide, sino de la base. Casi todos los municipios padecen déficit en las finanzas; los que mejores condiciones presentan son los que se han preocupado por generar ingresos propios, pero eso está condicionado a la realidad y posibilidades de cada municipio. No es lo mismo San Pedro Garza García o Huixquilucan que Ocosingo o San Juan Tepeuxila.

Los gobiernos estatales también padecen finanzas críticas. La deuda se ha ido acumulando. Muchos la asocian a la corrupción, es posible, pero más que eso alude a la mala administración y a la insuficiencia de ingresos. El problema crece y no todo se contabiliza, como es el caso de los pasivos laborales por la crisis en el sistema de pensiones que muchos gobiernos y universidades públicas estatales padecen. El sistema se vuelve insostenible por razones financieras. La calidad de servicios y la necesidad urgente de responder al problema de inseguridad se ve restringido por la incapacidad financiera.

Pero al contrario de quienes impulsan la vuelta al centralismo, es difícil que el centro tenga sensibilidad sobre lo que ocurre fuera de su ámbito. La soberbia y el despotismo centralista nos viene de origen. Es preciso revisar a profundidad el pacto federal y las condiciones estructurales que afectan la calidad del gobierno. Los problemas que no se resuelven en los estados, y que generan la percepción de que el modelo federalista está agotado y es inviable,  tienen que ver con la deficiente democracia y la ausencia de un sistema de contrapesos en el ámbito local. Hay casos en los que los ejecutivos locales anulan a la oposición, cooptan a los partidos políticos, legisladores y hasta a los medios de comunicación. En la mayoría de los estados, el sistema democrático de pesos y contrapesos no opera a plenitud, tampoco la fiscalización propia de la desconcentración orgánica del poder. Esta insuficiencia no puede ser resuelta desde el centro; la solución es que la democracia se profundice y fortalezca con sus principios básicos al interior de las entidades y municipios.

No es la confrontación con el centro, tampoco minimizando los problemas, como se transita adelante. De manera urgente el país requiere un diagnóstico serio y objetivo sobre el fracaso de muchos gobiernos locales, particularmente, de administraciones que llevaron al colapso sus gestiones por corrupción o malas decisiones. Insisto, las soluciones no estarán en el centralismo, sino en la profundización de la democracia al interior de las entidades y municipios.

Los gobiernos locales deben tomar más en serio la promoción del desarrollo económico, la forma más eficaz para generar justicia social y mejores condiciones de vida. No son las participaciones federales la solución a sus apremios financieros. Fortalecer sus fuentes propias ayuda pero tampoco da para mucho. Lo que deben hacer es mejorar las condiciones para que prosperen los negocios en sus respectivas localidades y también atraer la inversión privada nacional y externa. La expectativa de una mejor calidad de vida no la otorga el gasto público desordenado y sin perspectiva; lo fundamental es una economía en crecimiento que ofrezca oportunidades de empleo bien remunerado.

En una postura superficial, la crisis actual desacredita y daña el argumento federalista, como si fuera éste la causa y razón de la rapiña o del desorden en gobiernos locales. Por ello, en la respuesta a las dificultades presentes, no es admisible hacer del federalismo la baja de la batalla por un mejor gobierno.

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