Diplomacia mexicana


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Liébano Sáenz

Como todo en la vida, la política se mide por los resultados. Quizá la opinión del momento no sea justa, tampoco objetiva, más cuando existe un ánimo de desencanto y hasta de enojo en la población. En los acontecimientos recientes, la irrupción de Donald Trump a la escena pública ha sido uno de los grandes eventos. Como nunca la población en México y en buena parte del mundo se volcó hacia la campaña presidencial norteamericana y particularmente en su desenlace y secuela. Lo ocurrido ha preocupado a todos por la amenaza que representa un cambio radical en la relación bilateral y en el papel de EU en el mundo.

La diplomacia mexicana optó por la mesura y el diálogo desde el mismo proceso electoral. Con ello el gobierno y el presidente Peña asumieron un muy elevado costo. Desde muchos frentes se exigía una respuesta de confrontación. El gobierno resistió, primero durante la campaña, con la perspectiva de que el personaje en controversia pudiera llegar a la Presidencia, hipótesis desechada por muchos. El presidente Peña tuvo razón y también se convalidó la actitud de apertura, aunque de firmeza frente a temas fundamentales, como fue la decisión de cancelar la visita en respuesta a la imprudente actitud del presidente Trump respecto a la construcción del muro.

Aún con esa determinación de firmeza, el mandatario mexicano decidió continuar el diálogo. La renovación del equipo de gobierno en la Cancillería dio una mayor coherencia y congruencia entre la representación diplomática y la responsabilidad presidencial. Los resultados positivos avalan las decisiones. A menos de cien días de su mandato, el presidente Trump gradualmente ha ido encontrándose con la realidad. Su partido no está dispuesto a seguirle en su aventura. Los radicales han ido perdiendo terreno y la desaprobación al gobierno y al Presidente continúa creciendo.

En los tres temas estratégicos de la relación bilateral, el tiempo ha favorecido a México, sin que todavía pueda declararse victoria. Comercio, migración y seguridad requieren cuotas de pragmatismo. La realidad se impone y la doctrina cede y con ello la incertidumbre que disparó el arribo de Trump a la presidencia. Las perspectivas de hoy son menos malas, sin que se deba bajar guardia, además de que está por delante la renegociación del TLCAN.

En este contexto, una de las decisiones más meritorias de la diplomacia mexicana ha sido el encuentro del presidente Peña con Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, detenido desde hace tres años en una prisión militar por el gobierno venezolano de Nicolás Maduro. Lilian se hizo acompañar de la madre de Leopoldo, Antonieta Mendoza, hija de quien fuera ministro de Agricultura en el gobierno de Rómulo Betancourt, una de las figuras más notables de la política y las letras latinoamericanas y un gran amigo y aliado de México en los años difíciles de la guerra fría.

El giro que ha dado la diplomacia mexicana es en el sentido correcto. No se trata de intervenir en otro país, sino acreditar la responsabilidad de todos los gobiernos para salvaguardar los derechos humanos y la democracia en el continente. El gobierno de Maduro se ha degradado; tuvo que revertir el autogolpe de Estado que pretendía eliminar al Congreso dominado por la oposición. Las dificultades económicas están haciendo estragos en la población, al tiempo que la persecución y represión de la oposición se recrudece. No es el diálogo el camino, ese proceso ya se cerró y fue el mismo Nicolás Maduro el encargado de cancelarlo. Lo que ahora corresponde es que haya elecciones justas y libres, que sea la voluntad popular la que determine el futuro de Venezuela para salir del deterioro político y del colapso económico y social; que se libere a los presos políticos y que se abran los canales de ayuda humanitaria.

El diálogo del Presidente con la esposa y la madre de Leopoldo López es una señal muy positiva en todos los sentidos. Quizá un sector de opinión o de la política alineado al castrismo pueda sentirse lastimado. Lo importante es que con ese encuentro México convalida y responde a su condición de líder regional. La omisión o el silencio por sistema son obviamente contraproducentes. Era necesario definir posición y el encuentro por sí mismo es un mensaje que alienta a quienes luchan por la democracia y a quienes en Venezuela quieren ver el fin de un régimen que se ha vuelto en contra de la población y de las libertades.

México es un referente de la mayor importancia en el continente. La diplomacia mexicana debe actuar en consecuencia. La OEA es el escenario de mayor relevancia de la comunidad regional de países. El jueves 23 de marzo, México y otros 13 países, incluyendo EU, Brasil, Chile y Argentina, formalizaron su preocupación sobre la crisis que atraviesa Venezuela e insistieron en su compromiso con la defensa de los derechos humanos. Los 14 países urgieron al régimen venezolano a que libere sus “presos políticos” y devuelva la legitimidad a las instituciones parlamentarias.

La canciller de Venezuela, Delcy Rodríguez, el “policía malo” de la tragedia de un gran pueblo, rechazó que hubiera presos políticos y en un tuit expresó “La República Bolivariana de Venezuela rechaza las insólitas y serviles declaraciones del canciller de México”.

El pasado 3 de abril, en reunión del Consejo Permanente de la OEA, 19 de 23 países presentes, incluyendo a México aprobaron una resolución para denunciar la “violación del orden constitucional” en Venezuela, a raíz de la decisión del Tribunal Supremo de Justicia de tomar control del poder legislativo. La resolución demandó la reinstauración de la separación de poderes, así como una petición para convocar a reunión a nivel ministerial.

Es previsible el desenlace en Venezuela. Finalmente, habrá de recuperarse la normalidad democrática y reemprender un largo camino a su recuperación social, política y económica. Sin embargo, no hay claridad sobre lo que pueda ocurrir frente a un gobierno proclive a la represión y arrinconado por su propio desastre. Entre tanto, es alentador y un orgullo que el gobierno mexicano haga valer su compromiso con las libertades y la democracia.

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