Vivir al límite


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Liébano Sáenz

No importa si la velocidad del auto al momento del impacto, fue 220 Km/h o 180, en el accidente registrado en la avenida más emblemática del país. Tampoco es relevante si el conductor estaba intoxicado al momento del siniestro. Lo cierto es que es impensable el hecho. La imagen del evento trágico y fatal para 4 personas sacudió al país. Es un tema que hace pensar mucho más allá del hecho, de la acción preventiva de las autoridades o de la responsabilidad directa o indirecta de quienes pudieron haber evitado la tragedia. Tengo la impresión de que el acontecimiento es indicativo de que estamos viviendo al límite, y que hemos perdido sentido y proporción de las cosas.

Algo semejante acontece en la información que se recibe de la venalidad de algunos funcionarios. Las cantidades escapan a lo imaginable. No es que en el pasado no hubiera corrupción, sino que de lo que ahora somos testigos no guarda precedente. La imagen del cuarto con una montaña de dólares en la casa de Las Lomas cuando fue detenido Zhenli Ye Gon generó un impacto arrollador para millones y millones de personas que apenas sobreviven en el apremio de solventar sus necesidades básicas. La información de desvíos, daños patrimoniales o malas inversiones es abrumadora por su recurrencia y magnitud.

La sociedad del espectáculo, parafraseando a Mario Vargas Llosa, hace que la reflexión sobre los eventos quede suprimida por el peso de la imagen, por la narrativa del escándalo, por el espectáculo trágico que lo mismo horroriza que fascina. Produce rechazo y a la vez seduce. Se trivializa y crea un ánimo lo mismo de repudio, de rencor y de mal sana curiosidad. Precedentes que se acumulan en el imaginario y que van cambiando el estándar de lo aceptable y de lo permisible. La realidad supera a lo imaginable.

Vivir al límite tiene consecuencias en todos los ámbitos de la vida. Lo privado remite a la crisis de la familia y la escuela, así como la dificultad de que los valores tradicionales puedan ser referente del mundo real. La violencia, la inseguridad, el aislamiento resultado de la comunicación digital y la ficción de comunidad que también produce la comunicación digital, dan lugar a una forma distinta de convivencia. Más libre, pero más individualista. Más generosa, pero más hedonista. Más abierta al cambio, pero menos participativa. Más tolerante, pero más permisiva y menos rigurosa con la verdad.

En lo público tiene dos dimensiones: la exigencia de la sociedad a un gobierno cada vez más condicionado para dar respuesta a esa expectativa y, por la otra, los efectos que tienen sobre el conjunto de la política cuando quienes la representan incumplen con el nuevo estándar que la sociedad impone. El rechazo es por lo que se hace y por lo que no se hace. Al gobierno se le reprocha, por ejemplo, cuando se evade de la justicia el ex gobernador Javier Duarte, y por igual cuando participa con las autoridades de Guatemala para lograr su detención. La maledicencia hace que se pierda el horizonte del hecho fundamental: la detención da espacio a la justicia; es un avance respecto a la impunidad.

El problema de la desconfianza social es que no afecta a un personaje, partido o gobierno. El daño es generalizado al conjunto del sistema de representación política. Nada ni nadie se escapa. En general, las instituciones públicas y privadas fundamentales en la socialización de valores están en crisis profunda. Quiero creer que es una crisis de adaptación al nuevo paradigma social, pero el proceso resulta traumático porque se pierde sentido de lo relevante y de lo que hay que cuidar y preservar.  En el agravio real o imaginario se opta por menospreciar mucho de lo positivo que tenemos como régimen político o como sociedad. Quizá poco reparamos en ello, pero vivir al límite tiene una elevada cuota de autodestrucción, a semejanza del conductor del vehículo al que le dio por desafiar las reglas elementales de la supervivencia.

En la política esto también tiene sus efectos. Los partidos históricos quedan muy expuestos, mucho más el partido gobernante. La furia por lo que ocurre se desata hacia los símbolos de poder y con frecuencia cobran aliento y una gran simpatía las propuestas antisistémicas. La política se vuelve más emocional de lo que ha sido siempre. Esto no tiene que ver con cultura, educación o nivel social, el sentimiento de agravio es el que da fuerza al populismo, el que se asume como un movimiento de venganza pública frente al enemigo real o imaginario.

Vivir al límite en su expresión política, excluye al debate y la auténtica rendición de cuentas. El de enfrente es juzgado y sentenciado de manera sumaria. El de casa, gana impunidad y no requiere rendir cuentas ni ser objeto de escrutinio, ya que eso descalificaría el ánimo de venganza pública que mueve y motiva al proyecto antisistémico. No hay debate porque quien se asume por encima de todos no requiere validar públicamente sus razones, ya que el blindaje que acompaña a la superioridad moral no requiere de argumentos.

Es preciso y adquiere la mayor prioridad, romper con la inercia de vivir al límite. Aunque ésta es poderosa porque tiene un origen estructural e histórico, es un ciclo que hay que interrumpir por el bien de todos. Son tres las tareas que deben hacerse. Primero, hay que obligar que el debate cobre realidad, el auténtico debate, no las descalificaciones y los monólogos. Que todos los actores de relevancia participen de este ejercicio público de confrontación de ideas y acuerdos.

Segundo, la rendición de cuentas debe estar presente. No solo la institucional, también la que debe ofrecerse a la sociedad. Los medios tenemos una tarea importante en ello y por lo mismo se deben abrir tanto a quien demanda o exige información, como presionar a quien debe ofrecerla, que incluye no solo a gobiernos o políticos, también a empresas y organizaciones. Y, tercero, el escrutinio público. También una tarea a cargo de instituciones, pero también y quizás más relevante, una responsabilidad hasta ahora desatendida por la sociedad.

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