Los partidos y su distancia con la sociedad


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Liébano Sáenz

Uno de las mayores insuficiencias de la democracia mexicana son sus partidos. Es un problema de todos, incluso los de reciente creación. Los partidos son mediaciones necesarias, indispensables para la democracia representativa; sin embargo, en la realidad de la política mexicana la distancia de los partidos con la sociedad es monumental. En política casi todo ha cambiado, no así los partidos. El problema no solo tiene que ver con programa, formación cívica o ideológica; las insuficiencias remiten a su cerrazón respecto a la sociedad y una suerte de cinismo en sus dirigencias incapaces de comunicarse hacia dentro y fuera de la organización política.

A los partidos hay que entenderlos como son, no como se quisiera que fueran. Crean en su interior una estructura interna de poder. Se integran con quienes creen y hacen propios los intereses del partido y también con quienes ven en la organización una oportunidad para acceder al cargo, como bien lo ilustra el texto clásico de Angelo Panebianco. Un juego complejo entre creyentes y oportunistas, quienes entienden de manera diferenciada la misión del partido y también los incentivos que cada segmento.

De siempre y más en estos tiempos el problema mayor de todo partido es mantener el proyecto ideológico y programático originario y al mismo tiempo ganar el voto. El pragmatismo es lo de hoy día. En el caso del PRI la flexibilidad ideológica y programática le viene de origen. No fue un partido para representar y ganar el poder; su objetivo fue construir una vía política para conducir la sucesión presidencial desde el poder. Su representación originaria era territorial, más que social; con el paso del tiempo dio un curso corporativo con la creación de los sectores. Más delante, con la consolidación del presidencialismo, se volvió la mediación política fundamental del Presidente y del conjunto del sistema político y social.

El PRI ha sido la institución más relevante en la formación de la clase política. Así fue por el dominio que ejerció durante décadas. La situación ha cambiado, pero muchos de los principios y valores del ejercicio del poder y de la política persisten. El PAN ha contribuido de manera significativa a la formación cívica y su arribo al poder público ha sido un paso fundamental en la democracia. El PRD ha hecho lo suyo, como también Morena hoy día es un proyecto que participa activamente en la política y en acreditar al voto como vía para el acceso al poder.

El problema es la distancia de los partidos con la sociedad. En un estudio a profundidad de GCE a publicarse a finales de agosto revela que la mayor debilidad del sistema son los partidos, incluso, en el caso de Morena, no obstante su creación reciente y la postura de López Obrador, la abrumadora mayoría de la población considera que es un partido con las mismas debilidades de sus pares. Mientras los partidos no tengan ascendiente y credibilidad, la democracia mexicana continuará enferma.

Panebianco ofrece pistas para entender la crisis de los principales partidos. Fundamentalmente que su mapa y estructura de poder los ha alejado de la sociedad, a la que dicen servir, pero a la que no representan y que, por lo mismo, la sociedad no ve en ellos, instituciones útiles o eficaces para la representación de intereses, sino estructuras en la disputa del poder como un fin en sí mismo y que para ello por igual se sirven de los recursos públicos que de finanzas de origen poco claro.

Las leyes electorales se han hecho a la medida de los partidos no de la ciudadanía. El financiamiento y las prerrogativas son excesivas, mientras que su compromiso con la democracia no es consecuente. La cerrazón tiende a prevalecer y la apertura se ofrece más en un esquema de cooptación que de auténtica inclusión. El tema de financiamiento requiere de una revisión a integral y a profundidad, al igual que el modelo comunicacional. Los partidos no debaten y su escrutinio al poder, cuando se hace, es superficial y oportunista. Dramatizan los defectos del competidor y esconden bajo la alfombra los propios. Solo como ejemplo está la postura de Morena respecto al municipio de Texcoco o la Delegación Tláhuac.

El PRI ha dado un paso en el sentido adecuado al suavizar los requisitos de elegibilidad de sus candidatos. Es un tema polémico y seguramente para ciertos sectores es una derrota. La cuestión es que los partidos deben abrirse a la sociedad y esto no está en las convocatorias a votar, ni en los programas, su prueba de fuego es como reclutan, promueven y definen a sus candidatos.

Sigue pendiente la manera como se eligen candidatos. El PRI tiene una tradición vertical que se acentúa cuando está en la presidencia. Es una cuestión de origen. En 1999 se realizó una elección primaria con la participación de 10 millones de electores. Los mismos contendientes no quisieron creer en el proceso, ni siquiera quien resultó ganador. El que se haya presentado al año siguiente la derrota para el PRI por primera vez en la elección presidencial, se justificó recurriendo al fácil expediente de hacer creer que la elección democrática interna contribuyó al resultado adverso.

La democracia en los partidos no debe ser tema interno, como lo resolvió la reforma de 2007. Es un asunto de interés público y, por lo mismo, debe ser impuesto a manera de garantizar el derecho constitucional de ser votado. Las candidaturas independientes han ganado espacio precisamente por el deterioro de la credibilidad y funcionalidad de los partidos. No son solución, pero sí han servido para que los ciudadanos puedan elegir candidatos fuera del sistema partidario y también para que quien no encuentre en los partidos una posibilidad, tenga la opción independiente de ser votado.

En vísperas de la elección de 2018, en un entorno incierto y muy competido, el PRI ha sido el primero en definir un cambio importante para aproximarse a la sociedad. Sería útil que los demás siguieran este paso, especialmente democratizando sus decisiones.

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