Los tiempos de la política


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Liébano Sáenz

La modernidad y la era digital que han transformado las relaciones sociales en el mundo, no han alterado los tiempos de la política mexicana. El ciclo sexenal persiste intocado, y la especulación sobre el proceso sucesorio cobra relieve, de acuerdo a la tradición. No importa que las condiciones de la competencia hayan cambiado, ni que las expresiones de alternancia sean frecuentes en los últimos años; la atención general se enfoca en la manera como el Presidente atiende y resuelve su sucesión. Más allá de esas condiciones nuevas, incluido el hecho de que la asamblea nacional del PRI le ha ampliado el margen de maniobra, y de las presiones internas y externas de siempre, el Presidente es la voluntad más importante dentro de su partido, lo cual no significa que resuelve de manera arbitraria, sino como resultado del cálculo y las variables que se procesan desde la cúspide del poder.

El país ingresa a este ciclo normal de nuestra vida política, en un momento crítico por la negociación comercial con el vecino del norte, la cual tendrá lugar cuando el presidente Trump padece la crisis más severa de su gestión. No parece ser para él un momento adverso, pero para la opinión pública de su país, es una caída de la que será muy difícil la recuperación. La manera como el sucesor de Obama incursionó en el tema racial a partir del incidente en Charlottesville, Virginia, ha sido desastrosa para su reputación y mantiene en la sorpresa a todo mundo sobre sus limitaciones políticas e inevitable propensión a destruirse a sí mismo.

Negociar en tales condiciones un instrumento fundamental para el futuro de la región, como el acuerdo trilateral de Libre Comercio, hace pensar en un proceso muy accidentado y de resultado incierto. El Presidente Trump puede utilizar las negociaciones para recuperar un poco ya no la confianza en su presidencia, sino la base electoral que le llevó al poder a partir de una oferta demagógica en la que los temas de migración, inseguridad y libre comercio eran presentados como adversas al interés de EU por una actitud complaciente de su país hacia México y los mexicanos.

En la opinión pública, el TLCAN es apreciado como un asunto más del paisaje noticioso. No hay conciencia de su trascendental importancia. La transformación del país en las últimas décadas ha contado con el libre acceso al mercado norteamericano y canadiense y ha impulsado el desarrollo de una plataforma industrial de exportación sin paralelo en la historia. La región se ha beneficiado, no solo México. En el proceso, como es lógico, ha habido ganadores y perdedores, pero el balance es positivo para los tres países y el libre comercio se ha acreditado como un instrumento capaz de generar progreso. La revisión del TLC no es para anularlo, sino para actualizarlo de acuerdo a las nuevas circunstancias de la región y de la economía global.

Los tiempos sucesorios también se entreveran con los casos judiciales de alto impacto porque de por medio están personajes de la política. Durante este gobierno ha habido más mandatarios estatales sujetos a proceso penal que en cualquier otro. Esto es indicativo de que el tema de la corrupción y la degradación de la vida pública ha ido cobrando relieve y, por la otra, que las autoridades de procuración y administración de la justicia están actuando frente al problema. Esto último tendría que reconocerse sin regateos. Abatir la impunidad es un objetivo fundamental; pero es un tema que debe desahogarse en el marco de la estricta aplicación de la ley. Acusar, exonerar o sancionar para complacer al ambiente de opinión es uno de los caminos más negativos para el sistema de justicia.

Lo que sí es esencial para la credibilidad del sistema de justicia es que se realicen las investigaciones con el rigor y cuidado que supone y requiere una justicia eficaz. Es inevitable que los casos se ventilen en los medios y en la opinión pública; los medios deben mantenerse atentos en su labor de escrutinio al poder, incluso a la administración de justicia, pero no deben erigirse en tribunales de opinión a partir del prejuicio y del examen poco cuidadoso de las pruebas. Debe quedar claro que los medios tienen el potencial para hacer que la sociedad supere una de las grandes debilidades que tenemos como país, esto es, el valor de la legalidad.

En estas circunstancias transita la sucesión desde el poder, pero los tiempos de la política no son exclusivos de quien gobierna. Todos los partidos políticos se ven inmersos en sus propios procesos para decidir estrategia o candidatos con vista al 2018. Los partidos viven de ganar votos y las prerrogativas de ley se asocian al resultado de la elección. Los partidos grandes pretenden ganar; los pequeños avizoran asociarse con los grandes, pero también asegurar un volumen de votos suficientes para tener representación parlamentaria de peso y desde luego, prerrogativas.

La concurrencia de elecciones en 2018 representa un reto mayor para el INE y el Tribunal Electoral. También una oportunidad para los partidos. El desafío no es menor, y la unidad al interior de los partidos es la premisa sobre la cual se erige cualquier estrategia electoral. Morena lo tiene resuelto de origen, un partido que se creó para llevar al poder a López Obrador. El PRI apuesta a que resolvió su cohesión interna en la pasada asamblea nacional. El PAN y PRD padecen la división interna que los puede llevar al desastre. Una alianza entre ellos les daría competitividad, pero antes deben resolver temas fundamentales como es programa y candidato (a).

En este entorno, hay algo que compete a todos por igual: los tiempos de la política, que deben procesarse con sentido de responsabilidad y de perspectiva. Los próximos meses serán definitorios para el país. La disputa por el poder será una competencia cruda, a ratos feroz, pero no debe llevarnos a desestimar o a afectar el interés común de la nación. Es importante la elección, porque definirá un rumbo, pero es más importante atender la responsabilidad que tiene nuestra generación, con las generaciones futuras.

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