Meade, el candidato


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Liébano Sáenz

A mi amigo el Dr. Mario Madrazo Navarro y su familia en esta mala hora

Nadie discute la trascendencia de las elecciones generales del primero de julio. Estimo que al igual que en el pasado, hay opciones claramente diferenciadas. Sin embargo, lo destacable hoy es el pragmatismo que exhiben López Obrador y la coalición que perfila como candidato a Ricardo Anaya, porque uno y otro significan que el tema partidario o ideológico pasa a segundo plano. Lo que adquiere relieve es el perfil del candidato. Ahora más que antes, el candidato es la propuesta.

La cuestión es que no son los atributos de buen ciudadano o gobernante los que resuelven la contienda. Hay que convencer y vencer con votos. El humor de la población, la irrupción de nuevas formas de información, participación y comunicación, así como el deterioro del sistema de partidos, da lugar a la posibilidad de una forma distinta de hacer campañas y de construir la relación del votante con el candidato.

De siempre, una campaña son razones y emociones. En el primer plano es considerablemente más fácil construir la adhesión al candidato José Antonio Meade. El tema está en el espacio de los sentimientos, las actitudes y las decisiones que tienen como origen más el corazón y la víscera, que el cerebro.

Los rasgos diferenciadores del candidato Meade respecto a sus principales adversarios es su prudencia, su carácter auténticamente ciudadano en el sentido de no militancia política, y su probada y exitosa experiencia en las más altas responsabilidades del servicio público. Todo ello es fundamental para los desafíos que encara el país y para consolidar logros y avances que con frecuencia se regatean como parte de ese mismo estado de ánimo que magnifica las insuficiencias y deja de lado lo mucho bueno que se ha alcanzado.

Soy un convencido que andar bien en el futuro no será en el marco del agravio, de un México dividido o del encono como coartada y argumento. Los dos candidatos más avanzados de la oposición han optado por ello. Compiten con denuedo por exacerbar la percepción sobre el deterioro de la situación del país y hacer una crítica excedida, además de selectiva, y apostando a la desmemoria del electorado. Para los suscritos en el pragmatismo electoral, eso es lo recomendable en el manual básico de la estrategia del opositor para ganar el voto. Sin embargo, la cuestión no es sumar votos, sino sentar las bases para lo que sería la gran oportunidad que depara gobernar al país con la extraordinaria plataforma que significan las transformaciones realizadas en los últimos años.

La cuestión no es de voluntad, sino de capacidad. Los problemas del país no se resuelven con baladronadas, de eso ha habido demasiado en el pasado lejano y fue el camino para el deterioro económico y la pérdida del piso ético en el servicio público. López Obrador ha sido claro en su forma de entender los problemas y cómo responder ante ellos, llegando al grado de dar con anticipación como definido su futuro equipo de trabajo, a manera de expiar la desconfianza que pesa sobre él y su partido. Ricardo Anaya ha sido un ágil y hábil polemista, pero las soluciones no son su fuerte. Ambos han optado por regalar dinero público a manera de ganar adeptos, a sabiendas de que las finanzas del país no soportan cargas de tal magnitud. El ahorro no da para tanto, se debe decir de dónde saldrá el dinero. Si se cumpliera lo prometido, sólo podría venir de la bolsa de los ciudadanos o de un incremento del déficit fiscal, con las devastadores consecuencias que eso significaría. También se puede pensar con ligereza e ingenuidad que para eso están las reservas del banco central, pero eso es minar las bases para la fortaleza y la estabilidad económica, fundamentos de la confianza que ha habido en el país en las últimas décadas.

Igual es la propuesta para enfrentar el problema de la inseguridad o el de la corrupción. Las soluciones simplistas y mágicas abundan; la seducción está presente, pero un poco de reflexión, hace obligado incorporar tres elementos que no se dicen: lleva tiempo, cuesta mucho dinero y requiere de la participación de todos.

Estimo que el reto de José Antonio Meade no es obligar al elector a la razón, sino también incursionar en el terreno de las emociones y, desde luego, participar con su propuesta en el generalizado deseo de cambiar para mejorar. Ricardo Anaya, con malicioso cálculo, ha pretendido ubicarlo como el candidato de la continuidad, cuando Meade es el único de los contendientes diferenciado por su no pasado de militancia partidaria. Hasta Jaime Rodríguez, ahora en el espacio de los candidatos independientes, tiene un largo historial como político de partido.

Para efectos prácticos, las campañas han iniciado. Deberá entenderse que no son las virtudes o atributos personales los que por sí mismos llevan al éxito. El reto es comunicarlos con eficacia y convencer a millones de votantes de la causa propia. Las campañas se desarrollan con gran rapidez; los candidatos no solo deben lidiar con sus adversarios, sino en la tarea de construir la coalición ganadora en su interior, con todas las dificultades que eso implica. López Obrador pudo contener la salida de Ricardo Monreal, no así Anaya con Margarita Zavala. Incorporar al PES a la coalición de López Obrador ha mermado al invitado y especialmente, al anfitrión. Meade no solo tiene el apoyo del PRI, también el Partido Verde y Nueva Alianza se le han sumado y acreditan la unidad y cohesión, que no muestra la competencia. Aunque, para efectos prácticos, no son los partidos los articuladores de la voluntad popular, sino los candidatos. Mucho habrán de significar las elecciones concurrentes y también desde ahora se puede decir que la coalición que postula a Meade es la que cuenta con la mayor cantera para seleccionar candidatos competitivos y buenos representantes o gobernantes.

La elección del 1º de julio es la suma de muchas contiendas. Por mucho, la más relevante es la presidencial. Desde ahora se anticipa competida, con pasión y vehemencia. Pero, contra quienes van a apostar a las emociones, la realidad del país se impone y propicia que la capacidad y los valores importen, también la fuerza de las convicciones. Eso abre espacio y oportunidad a Meade candidato.

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