El futuro, entre la continuidad y el cambio


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Liébano Sáenz

La renovación de poderes se debate entre la continuidad y el cambio, sobre todo en este último. De eso se trata. Incluso el mismo partido gobernante implica un cambio, no sólo de quien ocupará el cargo público, sino de la forma y fondo del desempeño. En el México unipartidista, se pueden trazar con claridad estas transformaciones en ocasión de la renovación sexenal. La alternancia no siempre corresponde a la expectativa de quienes llevaron al poder al nuevo proyecto, de la misma manera en que tampoco ha habido continuismo si las mismas siglas se mantienen en el poder.

El tema del que todos hablan es el cambio. Lo que es explicable, también, por el estado de ánimo de la población que aspira a una mejora sustantiva en su economía, en la calidad del gobierno y en la capacidad del Estado para garantizar seguridad. Los descontentos son considerablemente más que los satisfechos, pero el grupo mayor es el de los preocupados, que son los que van a decidir la elección. El tema es que hay mucho por cuidar o preservar. En otras palabras, el cambio atiende más a un sentimiento o emoción; pero para conservar lo que existe y funciona se requiere de razón, de un “stop and think”, de un detente y piensa.

Los problemas que obstaculizan la mejora de gobierno, en todos los órdenes, se relacionan con que quien llega al poder no comprende, no valora ni dimensiona lo positivo que recibe. Lo anecdótico se impone y con gran facilidad se interrumpen proyectos, programas, iniciativas y procesos en vías de maduración. Así, el mejor presidente de México no es aquel que rompe con todo lo anterior sino, más bien, aquel capaz de conciliar las aspiraciones y necesidades de transformación, con la valoración de lo que existe.

En las próximas elecciones, de las tres propuestas ya consolidadas, la de la coalición Juntos Haremos Historia, que postula a Andrés Manuel López Obrador, tiene una posición ambivalente: por un lado, propone cambiar todo lo que existe, incluyendo reformas aprobadas por la pluralidad o grandes obras de infraestructura en curso como el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Sin embargo, a pesar de este ánimo de cambio, López Obrador también postula el regreso al México no democrático. Se trata, sin duda, de una postura que añora el estatismo que, en gran parte del siglo XX, anuló la iniciativa individual y convirtió a México en el país de un solo hombre. La coalición Juntos Haremos Historia representa el regreso al presidencialismo en su máxima expresión, un modo de ejercer el poder que por igual reparte, castiga o absuelve.

Por otro lado, el candidato de Por México al Frente, Ricardo Anaya, plantea continuidad y cambio, pero se centra en aprovechar el ánimo de rechazo al actual estado de cosas. Como resultado de la coalición que el PAN hizo con el PRD, niega o rechaza lo que hizo su partido cuando gobernó. Esto le representa un problema: por satisfacer programáticamente a un asociado con una base social considerablemente menor a la suya, enajena a una parte del panismo. Esto constituye un error si tomamos en cuenta el reto que le plantea la candidatura de Margarita Zavala. El número de simpatizantes de Ricardo Anaya podrían verse afectados en el momento de campaña si quien pretende ganar la Presidencia no aprovecha los logros de los sexenios panistas. Ni siquiera el tema de la violencia tiene un impacto que enajene a los votantes del PAN. Felipe Calderón guarda reconocimiento y respeto de una proporción importante de los ciudadanos y es, por mucho, un activo del PAN y de su candidato presidencial.

El candidato de la coalición Todos por México, José Antonio Meade, por su condición de ciudadano y alto servidor público de dos gobiernos de distintos partidos, ofrece las mejores condiciones para conciliar cambio con continuidad. Su fortaleza es la racionalidad de su postura avalada por su trayectoria pública y perfil personal. Su desafío es traducir tal fortaleza en términos que sean bien recibidos, procesados y asimilados por la población. Las dificultades son tanto el difundido rechazo al PRI y, a su vez, a la necesidad de contar con un partido unificado y movilizado en su entorno en coordinación con las otras dos fuerzas políticas (PVEM y Nueva Alianza) que avalan su candidatura.

Los retos de López Obrador están en la organización territorial; sus fortalezas, en la comunicación emotiva; es débil en lo programático. Ricardo Anaya encuentra una ventaja en la fuerza de los tres partidos coaligados que lo postulan, pero tiene dificultades programáticas y operativas en tierra. Las fortalezas del candidato del Frente también están en la comunicación, pero envía mensajes ambiguos, resultado de la coalición que lo postula. Por último, las dificultades de José Antonio Meade provienen del entorno y de construir una propuesta emotiva que potencie sus fortalezas en el ámbito de lo racional. Sus fortalezas son él mismo, por su perfil humano y trayectoria profesional, así como su capacidad de procesar positivamente pasado, presente y futuro.

Es mucho lo que ha sucedido en México en el último lustro. Las transformaciones institucionales para dar fortaleza al país en el propósito de su modernización fueron resultado de un extraordinario esfuerzo de negociación y acuerdo sin precedente. Las reformas son más trascendentes, necesarias y válidas de lo que muchos alcanzan a percibir. Desde luego que requieren profundizarse y actualizarse, pero el argumento de continuidad es más poderoso y funcional que el de suspenderlas o revertirlas.

Para un desenlace óptimo de la elección es importante que, en el debate político, en el marco de la renovación de poderes, queden claros los términos prácticos y comprensibles de lo que debe continuar y lo que debe cambiar. Las generalizaciones no son útiles, quizás sirvan para dar curso a las emociones, pero niegan y anulan la razón y el voto informado.

López Obrador se ha centrado en decir lo que no quiere. De Ricardo Anaya se espera más claridad sobre muchos aspectos de la agenda nacional. También queda pendiente, seguramente para el periodo de campañas, que José Antonio Meade y su coalición precisen la propuesta propia sobre los términos de la continuidad y el cambio que se pretende.

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