¿Y la economía?


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Liébano Sáenz

La economía es el eje de bienestar de las personas. Importa lo mismo en un país desarrollado que en uno como el nuestro, con estabilidad, pero desigual social y regionalmente; por eso está presente hoy de manera natural en las elecciones. Porque en el imaginario colectivo, la renovación de autoridades es vista como la oportunidad cíclica que tenemos de mejorar, y en la realidad, la economía es no sólo aquello que impide o permite mejores condiciones de vida y materiales de las personas y las familias, sino el motor que impulsa los otros factores que hacen posible el desarrollo, como son la seguridad, la salud, la educación y las libertades públicas.

La pobreza o las dificultades económicas son una realidad, pero tienen igualmente mucho de percepción. Tengo la impresión que el sentimiento de insatisfacción de la sociedad actual no se asocia tanto a las circunstancias objetivas, sino a un cambio en el estándar de bienestar y en los modelos de consumo que evolucionan con el tiempo.

Todos los candidatos y fuerzas políticas hablan de mejorar las condiciones de vida de las personas y familias. Aunque las ideologías que inicialmente marcaban los discursos van cediendo al pragmatismo, hay diferencias de perspectiva con distintas implicaciones. Lamentablemente, los candidatos tienden no sólo a simplificar las soluciones, sino que eluden un aspecto fundamental: el costo individual y social para que las cosas funcionen de mejor manera o de una forma distinta.

Por ejemplo, uno de los retos mayores para la funcionalidad de la economía nacional en su conjunto es abatir los costos implícitos en la informalidad. Una proporción importante de la economía no participa de las reglas comunes a todo negocio. Esto no necesariamente significa que estén en condiciones de privilegio, la informalidad con frecuencia paga un elevado costo, lo que sí es un hecho es que genera una significativa distorsión de la economía. No es lo mismo para un pequeño comerciante informal el pago de derecho de piso a un extorsionador o criminal, que las implicaciones del pago de impuestos de uno formal.

Eludir en la oferta política el esfuerzo que debe emprender la sociedad para mejorar las condiciones de vida y la calidad del gobierno y sus resultados, propicia discursos diseñados para complacer y en ocasiones para engañar. A diferencia de los opositores, los partidos gobernantes tienen mayores restricciones para una propuesta frívola o electorera, porque su presencia en el gobierno se vuelve referente de lo que puede y lo que no debe hacerse. Quienes disputan el poder, tienen mayores márgenes y es común verlos plantear propuestas inviables o simplistas, especialmente cuando, como ocurre en México, es elevada la insatisfacción social con lo existente.

El candidato Ricardo Anaya presenta una notable dificultad de conciliar posturas encontradas de las fuerzas que le respaldan en temas fundamentales de la economía. El PAN estuvo a favor de la reforma energética y en contra de la fiscal. La postura de sus socios en esta campaña, el PRD y Movimiento Ciudadano, fue en sentido contrario. La manera de eludir esta definición fundamental es centrarse en el gasto y ofertar soluciones sin considerar el ingreso.

Andrés Manuel López Obrador por su parte, tiene una posición clara respecto a la reestructuración del gasto público como medio para resolver buena parte de los problemas económicos nacionales. A su entender, una política de austeridad y de bajas remuneraciones a los altos servidores públicos generaría recursos suficientes prácticamente para todo; a lo anterior se agrega la idea de que sin venalidad, la obra e inversión pública sería significativamente menos onerosa. El problema es que los números no dan. Además, la funcionalidad de la economía necesariamente debe considerar las condiciones que propician la inversión privada nacional y extranjera, tema difícil de abordar para un político con la retórica de López Obrador. En estos momentos, es impensable por su inviabilidad, una perspectiva de desarrollo económico a partir de la exclusividad estatal de inversión y gasto público.

José Antonio Meade, dos veces secretario de Hacienda, acredita como ningún otro de los candidatos, conocimiento y experiencia en los términos prácticos de la economía. El desafío que plantea su campaña es cómo comunicar y generar adhesión a su conocimiento y perspectiva económica. El reto es doble: comunicar y convencer, con el agregado de que en la situación actual de encono social, el cambio es la premisa obligada de toda propuesta económica. No obstante, existen márgenes para construir vías que respondan a la exigencia ciudadana de cambio y a las complejas realidades de nuestro tiempo. Frente a la ambigüedad de Anaya y la inviabilidad de lo que propone López Obrador, José Antonio Meade tiene ventaja para plantear un cambio posible frente a estas nuevas condiciones, que sea realista en cuanto a las aspiraciones colectivas y sobre todo, que sea seguro.

La economía no es inmune a los errores de la política: la estabilidad macroeconómica de las últimas décadas ha sido un logro fundamental, que aunque insuficiente, a partir del trauma social de las crisis recurrentes de las décadas anteriores, debe cuidarse en sus fundamentales, más ahora cuando los estados nacionales han perdido control de variables clave, como es tipo de cambio, tasas de interés, precios de productos y servicios y montos de inversión. Una crisis se dispara literalmente en segundos partir de una mala decisión económica.

A los candidatos debe tomárseles en serio y aceptar que lo que dicen ahora es lo que definirá su gobierno si alcanzan el poder. Así, por ejemplo, muchos pensaron que el entonces candidato Donald Trump modificaría su orientación política y perspectiva ideológica una vez que alcanzara el poder; la realidad es que su desempeño como presidente ha sido consecuente con su postura como candidato y con su pensamiento político y empresarial de toda la vida, con todas las implicaciones que conlleva. La emoción propia de la política y de la campaña no debe llevarnos a negarle la importancia que tiene la racionalidad en el ejercicio responsable del gobierno que todos deseamos. Hoy que el tema es la economía, el voto informado es prioridad y para ello el debate y la información son esenciales.

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