¿Y el liberalismo?


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Liébano Sáenz

El liberalismo dio un paso significativo al asociarse con la democracia. Quizá el más grande de la era ilustrada. Dos planos coincidieron para conformar las instituciones políticas, económicas y sociales del mundo occidental: libertades, representación y pluralidad, como sustento de toda forma de poder público. En México, los dos conceptos han sido históricamente confusos. En el cierre de siglo pasado, finalmente, el país dio curso sin accidentes ni rupturas a la democracia liberal después del trauma de crisis económicas, un magnicidio y un levantamiento social.

Aquí y en el mundo, el liberalismo se ha visto confrontado desde la derecha, la izquierda y desde adentro. El origen de estos embates es la insatisfacción creciente con el orden de cosas. Hay un agotamiento del paradigma liberal resultado de su propio éxito. El mundo y el país está mejor que en el pasado, pero la inconformidad es creciente, incluso por sus propios beneficiarios. El descontento, bien conducido, puede ser la fuerza para mejorar lo existente; se deben explorar caminos nuevos y se requiere del imaginario fundacional para crear nuevas instituciones y adecuar las existentes. Pero el descontento también puede llevar a la involución, al retroceso, a la búsqueda de respuestas que nieguen lo fundamental: las libertades, la diversidad y la representatividad.

La derecha antiliberal ha encontrado en la migración una de sus mayores fuentes para cuestionar el orden de cosas. Este es un tema que debe preocupar porque sí convoca y mueve a grandes sectores sociales en torno a propuestas nacionalistas, en las que subyace la xenofobia, la intolerancia y un deseo por modificar los derechos y las instituciones que norman, conducen y contienen el ejercicio de poder y garantizan a los derechos humanos. Afortunadamente, en los países con una tradición democrática de larga historia, la memoria de los excesos del totalitarismo genera los anticuerpos para neutralizar al populismo de derecha. Desafortunadamente, esas presiones no dejan de tener una fuerza popular en los sectores afectados por los cambios asociados a la globalización, y en los países sin ese ascendiente liberal, proyectos antiliberales pueden ganar el poder sin contrapesos como actualmente ocurre en algunas naciones de Europa del este.

El populismo de izquierda frecuentemente se da en los países con menos desarrollo. Respecto al de derecha, sus formas son distintas y en cierto sentido opuestas, pero sus similitudes son evidentes: intolerancia al crítico o disidente, ofensiva anti institucional, sentimiento de guerra total, ejercicio del poder sin límites, estigmatización del bloque de poder e invocación del revanchismo como argumento central para la movilización social y electoral. Ambos se sirven de la democracia, pero su objetivo es antidemocrático en dos sentidos: restricción de las libertades, rechazo a la pluralidad y su expresión representativa, partidos y legisladores. Frente al pueblo o a la nación, nada ni nadie. O más bien, sólo el caudillo.

Ahora bien, el liberalismo también tiene sus enemigos adentro. Hay una descomposición al interior del orden de cosas producto de la incapacidad de autocontención de actores relevantes en condiciones de poder. En unos casos esta descomposición se traduce en cleptocracia, en otros, en acumulación desproporcionada de riqueza no siempre por medios legales o legítimos, autoridades incapaces de hacer valer reglas e instituciones para contener o sancionar los abusos de poder.

En México debemos agregar un elemento: la violencia asociada al crimen organizado. Este fenómeno ocurrió precisamente por la debilidad de uno de los elementos fundamentales del paradigma liberal: el estado de derecho. La incapacidad del sistema de justicia no solo se remite a los crímenes extremos, sino a la vida cotidiana de las personas. La didáctica de nuestros tiempos es que le va mejor al de la trampa o al que se desentiende de la ley, que al buen ciudadano. Ese es un incentivo perverso que afecta en sus cimientos a la funcionalidad del sistema, además de que compromete a la autoridad al verse anulada por la magnitud del problema y la incapacidad de respuestas frente a este.

No hay soluciones sencillas para superar los problemas de hoy día. La seducción populista consiste precisamente en simplificar el diagnóstico y la respuesta a los problemas, absolviendo a la sociedad de su propia responsabilidad. Excluir al ciudadano de participar en la búsqueda de soluciones a los retos del presente y construir enemigos imaginarios que habrán de servir como explicación y justificación de todos los problemas, es como logran consensos los liderazgos populistas, lo mismo en la Unión Europea, en Cataluña o en Estados Unidos, pero así no se construye futuro.

Donald Trump resolvió encontrar en los mexicanos la causa y razón de las dificultades que enfrenta su país, así sea desempleo, violencia, drogadicción o déficit comercial. Las causas y razones son otras, mucho más complejas, e inevitablemente debería el presidente volver la vista hacia su propio país, sociedad e instituciones para hallar la explicación y la solución. Pero el gobierno norteamericano y el presidente Trump se han vuelto rehenes de su propia retórica. Por suerte allá, ha sido el poder de la opinión pública o de la pluralidad institucionalizada la que le ha doblegado, ejemplo reciente, con el tema de los niños migrantes cruelmente separados de sus padres.

Un rasgo de intolerancia es la recurrente actitud de López Obrador de denostar a sus críticos. Las diferencias, más en política, son naturales, y todos tienen derecho de réplica, más quienes buscan ahora ganar la confianza popular a través del voto. Lo que es inaceptable es que el argumento derive de manera sistemática en cuestionar a la contraparte, más que ir al tema de fondo. Ejemplo reciente de ello es el tuit de ayer del candidato en el sentido de adjetivar como prensa “conservadora” o “fifi” el reportaje que el diario Reforma hiciera sobre un informe del gasto de su campaña al INE.

El vigor y vigencia del liberalismo no depende de quienes le cuestionan o de las amenazas que enfrenta, sino de la sociedad y del sistema institucional que garantiza las libertades y la pluralidad como un mecanismo de contención al abuso de poder. La embestida populista habrá de ser contenida a partir de las virtudes indiscutibles del paradigma liberal. Es una lucha de posiciones en el sentido de ganar batallas en muchos frentes, de tiempo y persistencia, también de resistencia y denuncia, pero, sobre todo, de claridad de objetivos. No perder de vista el horizonte, nos permitirá mantenernos en la ruta correcta.

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